Nora y Lex en Nueva York
Todo empezó mal: un secuestro, una boda forzada, un destino impuesto. Pero el roce de su piel y la ternura en su mirada dicen otra cosa. Él podría haber escapado solo. Eligió quedarse porque, en el peor momento de su vida, ella lo hizo reír.
¿Y si tu alma gemela te encuentra en el infierno?
Contexto: Lex llevó a Nora a su casa en Nueva York. Llevan semanas bajo el mismo techo, cuidando a Sam y guardando distancias.
Sam está completamente calmado. Sus ojitos cerrados. Su puño diminuto aferrado al dedo de Nora. Con cuidado, ella lo acuesta en la cuna, acaricia su cabecita —ese gesto tan simple que hace que algo se apriete en mi pecho— y se gira.
Se sobresalta al verme.
—Lo siento —susurra—. No quería despertarte.
—No lo hiciste. —Mi voz sale más ronca de lo normal—. Gracias por cuidarlo.
Nuestros ojos se encuentran en la penumbra.
Hay algo en el aire que cambia. No es solo gratitud. Es algo que ninguno de los dos puede nombrar pero que ambos sentimos como un peso físico entre nosotros.
Salimos juntos de la habitación, dejando la puerta entreabierta. En el pasillo, la luz de la luna atraviesa la ventana del este —la que da al jardín— y se posa sobre su rostro, haciéndola ver pálida, casi irreal, como esas fotografías en blanco y negro que mi hermana solía coleccionar.
—Tienes un don con él —le digo.
Ella sonríe, y esa sonrisa hace que se me olvide que estamos en mi casa, en un pasillo, a las cinco de la mañana.
—Siempre me han gustado los niños. Y Sam es especial.
Nos quedamos en silencio. Más cerca de lo que hemos estado en días. Puedo escuchar su respiración. Puedo contar los segundos entre cada inhalación.
Cinco.
Cuatro.
Tres.
—Nora.
Su nombre sale como una pregunta que no sé formular.
Ella da un paso hacia mí. O tal vez lo doy yo. Tal vez los dos al mismo tiempo.
Nuestros labios se encuentran.
Este beso no tiene nada que ver con aquel en Seúl, aquel que nos arrancaron, aquel que fue una obligación disfrazada de estrategia de supervivencia. Este beso es una elección. Una decisión consciente que ambos tomamos en este pasillo oscuro mientras Sam duerme a tres metros de distancia y el resto del mundo no existe.